—¡Sí, es verdad! Como la Biblia—exclamó un ciudadano tan astroso como el primero, a quien le faltaba una mano.
—Vamos, que aquí hace falta resolución... para que usted me comprenda..., y yo lo digo esto aquí, en este cafetín, o buñolería, o cáfila, o como se le quiera llamar..., y lo diré en las Cortes..., y en Francia también si se tercia..., y a este respectiva me tendrán siempre a su lado los buenos... que si no no le encontrarán al hijo de la señora Petra en su tienda de la calle del Bastero..., pero si hay resolución...
—Que no la habrá...—dijo el Manco con sorna.
—Tú cállate, Manco, que estoy hablando yo, y porque me hayas convidao a un soldao de Pavía en la taberna de aquí al lao no tienes derecho a interrumpirme... porque yo digo y sostengo que si hay resolución... pues lo hay tóo... Constitución... y Cámaras... y ¡viva la angélica! Porque, ¿qué se necesita en España?
—Muchas cosas creo que se necesitan—dijo Tilly indiferente.
El hijo de la señora Petra movió la cabeza con violencia de un lado a otro, como si hubiera oído la mayor estupidez del mundo.
—No, señor..., no, señor—dijo—. Veo que usted no comprende mismamente el sentido, o la alegoría, que voy exponiendo...; aquí lo que se necesita ¿me entiende usted?, es que haiga resolución... que haiga resolución.
—Bien, hombre, bien. Ya se lo hemos oído a usted muchas veces—dijo Tilly—. Resolución, ¿para qué?
—Toma, ¡para qué! Resolución para tóo.
Tilly volvió al borracho la espalda y el hombre se fué vacilando a sentarse a su banco.