—¡Qué extraña pedantería la de esta gente!—exclamó Tilly.

—Sí, quieren ser sabios; pero hay que reconocer que el consejo del hijo de la señora Petra de la calle del Bastero parece una indicación del Destino—exclamó Aviraneta—. ¡Resolución! ¡Resolución! No estaría mal que la hubiera.

Tilly sacó el reloj. Eran las cuatro de la mañana.

—Voy a ver a mi gente—dijo Aviraneta—. ¿Usted qué va a hacer?

—Yo me voy a dormir. Si su gente aprueba el movimiento, avíseme usted.

—Si se acepta le avisaré a usted; pero no tengo esperanza.

Aviraneta y Tilly se estrecharon la mano, y el uno marchó hacia la Montaña del Príncipe Pío y el otro hacia casa de Calvo de Rozas.


VI.
VACILACIONES