Aviraneta, al salir de la buñolería, fué a casa de Calvo de Rozas y le explicó lo que le habían propuesto Urbina y los oficiales jóvenes. No dijo nada de la intentona de la noche.

—Eso es muy grave—exclamó Calvo de Rozas alarmado—. Eso es muy serio. Hay que celebrar junta en seguida.

Calvo de Rozas y Aviraneta examinaron y discutieron la proposición. Aviraneta quería convencer a su compañero. Calvo estaba indeciso. Aviraneta expuso varios proyectos para apoderarse de Madrid; se consultó el plano de la villa, la lista de los legionarios afiliados a la Isabelina, el anuario militar, para ver qué jefes podrían ser amigos y cuáles enemigos declarados.

Podían contar con mil quinientos hombres armados, a más de los militares que siguiesen a Urbina y a los otros oficiales.

Aviraneta trabajaba en tener de su parte a Calvo de Rozas, porque con Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría no contaba gran cosa; tampoco esperaba nada de Palafox.

Calvo de Rozas no se convenció, y no quiso salir de su estribillo de que había que reunir la Junta.

—Vamos a perder mucho tiempo—dijo Aviraneta.

—No; Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría hoy duermen aquí en mi casa. A las ocho se les llamará.

—Bueno. Entonces voy a dormir un rato en este sofá—dijo Aviraneta.

—Sí; duerma usted si puede.