Aviraneta dejó el sombrero de copa en el suelo, se quitó las botas, se envolvió en la capa, y a los cinco minutos estaba profundamente dormido. El león o el gato que había en él escondió las garras, y la vulpeja soñó nuevas aventuras.

Calvo de Rozas se pasó las horas de la madrugada paseando delante de Aviraneta y contemplándole asombrado.

—¡Qué hombre!—murmuraba—. ¡Qué tranquilidad!

A las ocho se llamó a Romero Alpuente, a Flórez Estrada y a Olavarría. Romero y Flórez se presentaron de bata con sus gorros blancos de dormir, los dos tosiendo, con la nariz húmeda.

Se le despertó a Aviraneta, que se encontró con los dos viejos y se echó a reír.

—Creí que estaba soñando—dijo, y añadió para adentro—: con gente así no se puede hacer nada.

Se habló de la reunión de la noche anterior, y se puso a discusión el ofrecimiento de los militares.

—Yo creo que la cosa es muy factible—dijo Aviraneta—y que tiene todas las garantías de éxito que puede ofrecer un plan de esta clase. La Guardia Real quiere tomar la iniciativa. Nosotros, con nuestros mil quinientos hombres de las centurias dominamos Madrid. Entre los cristinos hay gente que nos secunda.

Expuesto el proyecto por Aviraneta, Olavarría lo apoyó. El había presenciado la revolución de Bruselas en 1830, y, según dijo, allí se contaba con menos elementos que en Madrid en aquel momento. Calvo de Rozas afirmó que consideraba viable el plan; Flórez Estrada y Romero Alpuente se alarmaron.