—La cosa es gravísima—decía éste con su aire de buitre viejo, paseándose por el cuarto con su bata y su gorro de dormir—; gravísima.

—¡Eso no se puede intentar sin consultar con Palafox!—exclamó varias veces Flórez Estrada.

Después de una larga discusión, se acordó que Calvo de Rozas y Flórez Estrada fueran a consultar con Palafox.

Almorzaron todos allí en la casa, y, después de almorzar, Calvo y Flórez Estrada tomaron una berlina, puesta a disposición de los conspiradores por un rico bilbaíno muy liberal que se llamaba también Olavarría y que era pariente lejano del que figuraba en la Isabelina.

—Yo estaré aquí hasta la una—dijo Aviraneta a los comisionados—. A la una iré al café de Venecia para no hacer esperar a Urbina y a sus amigos. Allí me envían ustedes la contestación, si no la pueden traer antes aquí.

—Bueno. Está bien.

Se metieron en el coche Calvo de Rozas y Flórez Estrada, y a la media hora volvieron con Palafox y con Beraza, el masón.

Palafox, que era hombre sin ningún talento, a quien gustaba darse aires de gran político, echó un pequeño discurso.

«—Señores—dijo—: Mis dignos colegas los señores Calvo de Rozas y Flórez Estrada me han comunicado la proposición que hicieron ayer algunos militares a un miembro de nuestra Sociedad. Entiendo, señores, que el dar oídos a esa proposición constituye una gran imprudencia y una gran torpeza. Primeramente, al alterar el orden, se creería que trabajábamos por los carlistas y nuestras cabezas rodarían en el patíbulo; después produciríamos una reacción en el Gobierno, precisamente en este momento en que se intenta hacer avanzar las instituciones políticas españolas. En resumen, señores, yo no me presto de ninguna manera y por ningún concepto a tomar parte en esta sedición, y si se acuerda en el Directorio el hacerla, el intentarla, que no se cuente conmigo para nada».