Flórez Estrada y Romero Alpuente se adhirieron en seguida al parecer del duque de Zaragoza, y los demás se callaron sin hacer observaciones.
El duque, triunfante, se volvió de nuevo a su casa.
Olavarría y Aviraneta fueron juntos a la Puerta del Sol.
—¿Qué le han parecido a usted las razones de Palafox?—preguntó Olavarría.
—Fatales—contestó Aviraneta—. Es un tonto complicado con un palaciego. Pensar de antemano en las consecuencias de un movimiento, como si ya hubiera fracasado, es una majadería.
—Con esta gente no vamos a ningún lado.
—Revoluciones con generales de salón y con señores con gorro de dormir, imposible—contestó Aviraneta—. Bueno, me voy a ver a esos militares.
—¡Adiós, Aviraneta!
—¡Adiós!
Aviraneta entró en el café de Venecia, que se encontraba lleno de gente y de humo; había dos mesas ocupadas por militares jóvenes, y en un rincón estaba Tilly. La cuestión de Aviraneta no era la única que se debatía, pues había otra que apasionaba más a un grupo de oficiales jóvenes, y era un desafío concertado entre Gamundi y el teniente Pierrard con un sargento y un alférez de los voluntarios realistas.