El desafío se iba a verificar al mediodía en los altos del Observatorio, en el antiguo Cerrillo de San Blas.

En otras mesas se jugaba al dominó con un gran estrépito, y de la sala de billar llegaba el ruido del choque de las bolas.

Aviraneta se sentó en el grupo en que se encontraban Urbina y sus amigos, y contó rápidamente lo que había ocurrido en casa de Calvo de Rozas y lo que había dicho Palafox.

—Es un disparate—saltó Urbina—. Pierden la mejor ocasión.

—Es verdad—replicó el teniente Pierrard, que se levantó con sus padrinos para ir a batirse—. Ahora era el momento de dar el golpe revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.

—Yo lo creo también así—aseguró Aviraneta—. Pero no tengo medios.

—Sea usted el jefe—exclamó Urbina—. Le seguiremos.

—Hasta la muerte—gritó Gamundi.

Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.

—Muchas gracias, señores—replicó Aviraneta—, pero yo no tengo prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas están a las órdenes del general Palafox. ¿Me seguirían a mí, si yo intentara suplantar al general? Es muy dudoso.