—De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted. Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.
—Sí: cuente usted con nosotros, con todos.
Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio se sentó en la misma mesa de Tilly y le explicó lo que había ocurrido.
—¡Qué ocasión más admirable se pierde!—exclamó Tilly—. No se debía dejar escapar.
—¡Qué quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.
—¿Por qué no habla usted a los comandantes de las centurias?
—¡Si no sé dónde están! ¿No ve usted que hemos dado la dirección militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilización cuyo plan sólo él lo tiene.
—¡Qué lástima!—volvió a murmurar Tilly.
—Amigo, ¿qué quiere usted? Este culto por el prestigio, por la tradición, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y cuando he terminado la organización he tenido que entregar esta fuerza en manos de Palafox, que no hará mas que tonterías o algo práctico para su interés personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.
Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el Café Nuevo.