—¿Dónde está la gente nuestra?—les preguntó Aviraneta.
—Unos están en los cafés. A otros los ha mandado el general Palafox a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la Aduana. Están a la expectativa por si estalla un movimiento realista para que se preparen inmediatamente. Los demás se encuentran en las casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.
—¿En qué caso?
—En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.
—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly—. No hay manera de disponer de la gente. ¡Si yo llego a ser el dueño de las centurias en el día de hoy!
—¿Y sus carbonarios?—preguntó Tilly.
—¡Son tan pocos! Y estarán probablemente en la calle. Vamos a casa de un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quizá haya alguno allí.
Fueron al taller del Majo. Estaban de tertulia Cobianchi, el joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramón Adán, y Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero. Todos estos eran republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado González Brabo, a quien tenían por un Dantón. Uno de ellos había propuesto el deshacerse de Zea Bermúdez y de los absolutistas enviándoles cartas explosivas, como la que se le envió años antes al general Eguía y le dejó manco.
Aviraneta explicó la situación y los carbonarios parecieron no darle gran importancia. Ya una revolución liberal no les interesaba; querían la República, por lo menos.