—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del Majo—. Con estos no se puede hacer nada.
Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerería de Aspiroz y se encontraron a Olavarría y al masón Beraza, el del aire frailuno.
—De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir—exclamó Olavarría—. La gente está decidida. Ese Palafox es un imbécil.
Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conocía a ninguno de los que iban en ellos.
—¿Quiénes son?—preguntó al sombrerero.
—Son los cristinos, que deben tener una organización militar, porque de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que hablan con ellos. Estos cristinos—añadió—están muy levantiscos y dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarán a Zea.
Parecía que Madrid entero se decidía por la Reina Cristina. Aviraneta y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.
—¡Qué tontería han hecho sus amigos!—exclamó Tilly—. Con esta agitación de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la cosa estaba hecha.
Aviraneta hizo un ademán resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se encontraron a Gamundi.
—¿Qué han hecho ustedes?—le preguntó Aviraneta.