—Gran día—dijo el militar—. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran día. Primero, duelo; ahora, gresca, y a la noche, orgía. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente hacia aquí después de dejar las armas en casa.
Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcalá, la de la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo, grupos de jóvenes, la mayoría bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.
«¡Viva la Reina!» «¡Viva Isabel II!», se oía a cada paso, y alguno que otro grito de: «¡Abajo el Ministerio!» Entre la gente se señalaba con el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos otros escritores que se lucían en medio de la multitud.
Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acercó corriendo. Era el de la librería de la calle de la Paz.
—¡Don Eugenio!
—¡Hola, Bartolillo!—exclamó Aviraneta—. ¿Qué ocurre?
—De parte del capitán Nogueras que se escape usted y no vaya usted a su casa.
—¿Pues?
—Porque la policía le anda buscando.