Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos, iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...
Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo, monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los estudiantes y los bandidos de Patron Minette.
Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible danza macabra.
—Después de esto—terminó diciendo Juan—he leído los libros de Marco Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida.
—Nosotros no vivimos—murmuró con cierta melancolía Martín—. Es verdad; no vivimos.
Luego, sintiéndose seminarista, añadió:
—Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como Santo Tomás?
—Sí—afirmó categóricamente Juan.
—¿Y un poeta como Horacio?
—También.