—Y entonces, ¿por qué no los conocemos?

—Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos mil años ya no habrá seminarios.

Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda, muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos de las cosas.

Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos, entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los chaflanes de las casas.

—Eres muy valiente, Juan—murmuró Martín.

—¡Bah!

—Sí, muy valiente.

Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.

—Son las ocho—dijo Juan—; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh?

—Sí; ¿quieres algo para allá?