—Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto.
—¿Pero es tu última resolución?
—¿Por qué no esperar?
—No. Me he decidido ya á no retroceder nunca.
—Entonces, ¿hasta cuándo?
—No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós!
—Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos.
Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente. Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo.
Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa.