Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna.
—¿Eres tú?—le dijo á Juan.
—Sí.
—¿Qué has hecho que has venido tan tarde?
—He estado despidiéndome de la gente.
—Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir?
—Ahora mismo.
—Está bien.
Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á un coche de tercera.
—Adiós, tío.