—Adiós y recuerdos.
Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando, encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un esfuerzo, tiró el bulto al agua, y el manteo, el tricornio, la beca, los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera.
—Siempre adelante—murmuró—. No hay que retroceder.
Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo.
Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los Comentarios, de César.
Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos, achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada uno de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde, perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje. ¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita.
Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó tres veces leía en alta voz los Comentarios, de César, y esta lectura era para él una tonificación de la voluntad...
Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no encontraron nada; uno de los muchachos, dijo:
—Aquí hay sangre.
—Entonces alguien ha cobrado la pieza—exclamó uno de los guardas.—Será éste—y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del brazo—. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí?