—Yo, no—contestó Juan.
—Sí; tú la has cogido. Tráela—y el guarda le agarró á Juan de una oreja.
—Yo no he cogido nada. Suelte usted.
—Registradle.
El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada.
—Entonces la has escondido—dijo el primer guarda, sujetándole á Juan del cuello—. Dí dónde está.
—Que digo que yo nada he cogido—exclamó Juan, sofocado y lleno de ira.
—Ya lo confesarás—murmuró el guarda quitándose el cinturón y amenazándole con él.
Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan, riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco.
—¿Qué se hace?—gritó furioso—. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se sigue el ojeo?