El guarda explicó lo que pasaba.
—Darle una buena azotaina—dijo el señor.
Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre en la mano.
—Entonces no era éste el ladrón. Vámonos.
—¡Por Cristo, que si alguna vez puedo—gritó Juan al guarda—, me he de vengar cruelmente!
Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador.
—No pases—le gritó éste.
—El camino es de todos—contestó Juan y siguió andando.
—Que no pases, te digo.
Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre.