—¡Canalla! ¡Bandido!—gritó.

—Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer—contestó el cazador.

Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más.

Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo:

—Vamos á ver qué es eso.

Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le reconoció la herida.

—Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto.

Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta.

El hombre que dormía en el pajar le dijo:

—Pero ¿á dónde vas?