—Adelante; no me paro por esto.

—¡Eres valiente! Vamos andando.

Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un vagabundo.

Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan:

—Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida.

—¿Por su causa?—preguntó Juan.

—Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos.

Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando.

Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar, mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más que un sentimiento fuerte, el odio por el labrador, unido á un instinto anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos...

Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero, leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles.