—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó uno de ellos.

—Voy de camino.

—¿Tiene usted cédula?

—No, señor.

—Entonces venga usted con nosotros.

—Vamos allá.

Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes, mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó:

—Tú te habrás escapado de casa, ¿eh?

—Yo, no, señor.

—¿A dónde vas?