El Libertario llamó á Chaparro.

—¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?—le preguntó.

—No.

—En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?

—¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.

—Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?

—No.

—Bueno; pues traiga usted unas velas.

Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin saber por qué todos hablaban bajo.

—Yo creo, compañeros—dijo Juan, levantándose y acercándose á la mesa—, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.