—Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de anarquismo, que no son más que memadas.

—¿Ya has renegado también de la idea?

—Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.

—Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.

—¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?

—Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, ¿vienes ó no á La Aurora?

—Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á todos en la cárcel.

—¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.

Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.

Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, que no cabían en él. Iba viniendo más gente.