Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.
A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.
El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará aquella pobre mujer?
Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con intermitencias.
Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á Manuel:
—¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.
—¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?
—Sí.
—Yo no voy. ¿A qué?
—¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las noches.