—Sí.
Salieron al paseo de Areneros por la taberna.
—Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos—dijo el Libertario.
—Pues no tiene número—replicó Juan—; pero tiene nombre: La Aurora.
—Buen nombre para una reunión de los nuestros.
Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.
Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.
Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:
—Quisiera hablar contigo despacio.
—¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?—le había contestado ella.