Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando observaba á Juan con una mirada escrutadora.
El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.
Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.
Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.
—Aquí se está bien—dijo el Libertario, ¿verdad?
—Sí.
—Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.
—Sí, hombre.
—Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han visto Los Rebeldes, y son entusiastas de usted.
—¿Son anarquistas también?