Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa; Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo, el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se entendían los dos compadres.
Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros, puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo azul radiante.
Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de bolos del Inglés y entraron.
—Aquí podríamos tomar algo—dijo Juan.
—No habrá quien sirva—contestó el otro.
Llamaron á un chico que recogía las bolas.
—Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.
Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.
Había dedicado un artículo elogioso al grupo de Los Rebeldes, y luego había buscado á Juan para conocerle.
Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la del deber y la de la virtud.