—Yo—replicó el Libertario—, soy enemigo de todo compromiso y de toda asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.

—Hay que ser prácticos—replicó Maldonado.

—Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.

Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la mesa.

—Compañeros—dijo sonriendo.

—¿Quién es éste?—preguntó Manuel á Jesús.

—El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.

—Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; el que no, que lo deje.

Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.

—Entonces, ¿para qué reunirnos?—preguntó uno de los amigos del estudiante.