—¿Para qué?—contestó Juan—; para hablar, para discutir, para prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su conciencia le dicte.

—Yo, por mi parte, estoy conforme con esto—dijo el Libertario—. Que cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo que viene aquí estaremos.

Se levantaron todos.

—Bueno, vamos—dijo uno—; que ha dejado de llover.

Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose fuertes apretones de manos.

—¡Salud, compañero!

—¡Salud!

Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los revolucionarios...

El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora fraternizando con los compañeros.

Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre sociológica y revolucionaria, traducida del francés.