—¿Vendrás el domingo, compañero?—le dijo á Manuel después de saludarle.
—Sí.
—Entonces, hasta el domingo.
Y se dieron un apretón de manos.
—Vaya un tipo—dijo Manuel.
—No es tan tremendo como parece este Rama Sama—añadió el Madrileño—. En fin, veremos si el domingo esto se anima.
Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por una frase ingeniosa ó por un chiste.
El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.
—Paco Ruiz era un hombre de buen corazón—le dijo á Manuel. Si yo hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la bomba en casa de Cánovas.
—¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?—le preguntó Manuel.