—¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?—dijo Prats de mal humor.

—En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?

Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de mal humor:

—Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.

—No—arguyó Maldonado—, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.

—Bueno—replicó Rebolledo—, pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, y unos superiores á otros.

—No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.

—Pero eso no puede ser.

—¿Por qué no?

—Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor ó menor.»