—Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambie en absoluto—dijo Maldonado con desdén.
—¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales... no lo creo.
—No lo crea usted.
—Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.
Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.
—Me ha convencido usted—le dijo Manuel al jorobado.
—Claro—exclamó el Madrileño impaciente—, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la Revolución, pa divertirse.
—Eso es—dijo el señor Canuto—; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á ello y echar con las tripas al aire á los burgantes, y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un buen cate ó una puñalá trapera... y adivina quién te dió... Eso es.
Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos y no una partida de asesinos.
—¡Pero será este hombre mendrugo!—exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo:—Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida—poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho—más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.