—No le entiendo á usted—dijo el catalán.
—¿No?—y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con lástima—. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola—y haciéndose el humilde continuó—: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?
—¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
—Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
—Claro.
—Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.
—Será verdad; á mí no me lo parece.
—¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se ofenderá usted. Eso es.
—No, señor; yo no me ofendo.
—Pues hágase usted socialista.