Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.

—Si es una broma—dijo éste—. Parece mentira que te pongas así por una broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á cenar.

Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.

—¿Qué desean los señores?—preguntó éste.

—Tráete—le dijo Jesús—dos raciones de pescado frito, chuletas asadas para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.

—Todo esto lo voy á tener que pagar yo—pensó Manuel.

Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.

—Tú no eres de la vida—la dijo.

—¿Cómo?—preguntó la muchacha.

—No—saltó Manuel—; es una chica que está sirviendo. Oye—y Manuel atrajo hacia sí á la Paca—, ¿qué te suelen decir los amos?