—¡Tantas cosas!
—¿Y tú qué les contestas?
—¿Yo?... pues, según.
—Bah—murmuró Manuel—, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.
La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.
—No seas pelma—le dijo.
La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.
—¿De manera que tú estás sirviendo?—preguntó la mujer pálida á la criada.
—Sí.
—¿Qué edad tienes?