—Iré luego—dijo éste.
—No, hombre; vete ahora—repuso Roberto.
—Es que quería oirle á usted.
—Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.
Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.
—Usted también es algo anarquista, ¿verdad?—preguntó á Roberto.
—Sí; lo he sido á mi manera.
—¿Cuando vivía usted mal quizás?
—No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que antes.
—¿Y por fuera?