—¿Y Pallás?—interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á decir algo desagradable para el catalán—. ¿Era templado Pallás?

—Sí, era... ya lo creo.

—Se achicó también—dijo el Madrileño—, y aquí está el Libertario que lo vió.

—Sí, es verdad—dijo, el Libertario—; los últimos días en la cárcel se descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.—Yo quisiera—dijo Pallás—que después de muerto, llevaran mi cerebro á un museo para que lo estudiaran.—Será difícil—le contestó el médico fríamente.—¿Por qué?—Porque los tiros se los darán á usted, probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás palideció y no dijo nada.

—Es que sólo con la idea hay para ponerse malo—saltó diciendo Manuel.

—¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!—exclamó Prats.

—Sí, luego ya se animó—dijo el Libertario—. Le estoy viendo al salir al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.

Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor Canuto hacía más gestos que de costumbre.

—¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?—preguntó Perico Rebolledo.

—Sí—contestó Prats—; la venganza fué terrible; ya lo había dicho Paulino Pallás.