—Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, ni traidores, como los italianos.

—¿Y los andaluces?—preguntó el Madrileño?

—¿Los andaluces? Son como los demás españoles.

—¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!

—Nosotros somos catalanes.

—¡Qué necedad!—exclamó el Madrileño.

—No—murmuró el Libertario—. Cada uno tiene el derecho de ser de donde le dé la gana.

—No; si yo no niego ese derecho—replicó el Madrileño—; yo lo que quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser paisanos de los catalanes.

—Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios—siguió diciendo el catalán, haciendo como que no oía la observación—; lo mismo los andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen el instinto de la revolta...

—Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente autoritaria...—comenzó á decir el Madrileño.