—¿Y qué?—preguntó Juan.
—Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.
—En todo lo que se cree, se cree lo mismo—contestó Juan.
—Yo—dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el grupo—conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al puerto y tiraron las bombas al mar.
—¿Y Angiolillo?—preguntó Juan.
—Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar aquello de un hombre tan suave y tan tímido!
—¡Ese era también un sentimental!—exclamó Prats.
—Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución—repuso el Libertario.
—Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás—añadió Prats.
—¡Claro! Como que era catalán—dijo con sorna el Madrileño.