—¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!

—¡Qué gachos!—decía él, con una admiración de salvaje...

Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando Les Lampions, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces seguidas:

—¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!

Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público comenzaba á correr asustado.

En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo me paré á ver en qué terminaba aquello.

Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar La Marsellesa como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.

Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna distancia, La Marsellesa, cantada por miles de personas, resonaba como una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron silenciosos.

En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la lluvia suave de la primavera...

—Ese no era más que un sentimental—dijo de pronto Prats.