—¿Y qué piensas hacer?
—Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la travesía de Burdeos á la Habana.
Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones anarquistas.
Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...
—¿Sería ésta?—preguntó Caruty, y se puso á cantar:
Dame dynamite
que l’on danse vite
chantons et buvons
et dinamytons
dynamite, dynamite
dinamytons.
—Eso es—dijo el Libertario—. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi paisano.
—¿Qué quieren eztos?—me decía.
—Derribarlo todo—le contestaba yo.
—¿Tó?