Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, volvió al juego de bolos.
Hablaba en aquel momento el Libertario:
—¿Cómo se llega á tener las ideas?—decía—. ¿Quién lo sabe?... Hace ya algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.
—¿No me conoce usted?—me dijo con un acento andaluz cerrado.
—No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.
—¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del pueblo?
—¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?
—Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las minas.
—¿Y en el pueblo?
—Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.