—Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... ¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...
—¡Qué mala intención tienes!—dijo el Bolo, que era anarquista con simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.
—Yo no he estado nunca en el Congreso—replicó el Madrileño.
—Ni yo—añadió Prats.
—Yo sí—repuso el Libertario.
—¿Y qué?—le preguntaron.
—¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita...
—¿Y el Senado?
—¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.
—¡Qué guasón!—dijo el Bolo.