—Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.

—Este, como ya tiene su imprenta—dijo el Madrileño con sorna—, se siente burgués.

—Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.

—Una de las bombas no estalló—dijo Skopos—, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.

—¿Y quién hizo esta bestialidad?—preguntó Perico Rebolledo.

—Salvador.

—Ese sí que tendría las entrañas negras...

—Debía ser una fiera—dijo Skopos—. El se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.

—No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así—dijo Manuel.

—Mientras estuvo preso—siguió diciendo Skopos—hizo la comedia de convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: «¿Y tus hijas?—le dijeron—. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas—contestó él—, ya se ocuparán de ellas los burgueses.»