—¡Ah!... Es bien... Es bien—gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso é inmóvil—. Es bien... le grand canaille... Es bien... Es una frase...
—Yo asistí á la ejecución de Salvador—siguió diciendo Skopos—desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.
Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo...
Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.
Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...
CAPÍTULO VII
Un paraíso en un campo santo.—Todo es uno y lo mismo.
Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de Manuel, se oyeron tiros.