—¿Qué habrá pasado?—se preguntaron todos.
—Quizás sean matuteros—dijo la Ignacia.
—También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del telégrafo—advirtió Manuel.
Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.
Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido de paisano.
—¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?—le dijo.
—Bien—contestó Manuel secamente.
—Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?
—Está buena.
—¿Y Jesús?