Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.
Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban ligeras neblinas...
Ortiz se acercó á Manuel.
—¿Sabes?—le dijo—. Ya le cogimos al Bizco.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.
—No.
—Un amigo tuyo.
—¿Quién?
—El Titiritero... aquel viejo.