Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.
En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...
De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido de algún tren.
Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.
—¿Y esas vacas?—preguntó el juez.
—Son de una vaquería de la calle de Magallanes—dijo el conserje.
—Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?
—Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se entierra aquí.
—El cura también es un punto—dijo Rebolledo á Manuel—; se ha llevado las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se retiraron.