En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y en ellos la hierba era más verde y jugosa.

El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.

Reinaba en los patios un gran silencio.

De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún niño.

Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á otro de nichos, salieron al segundo patio.

Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por ruinosos tapiales.

El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.

Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.

Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.

Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.