Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:

—He tenido carta del señor Canuto.

—¿Sí? ¿dónde está?

—En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.

—Pero robaban, ¿eh?

—Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el cementerio en un paraíso.

—Sí, ¿eh?

—Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. ¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.

Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.

No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.